12 de julio de 2009
El TORO DE FUEGO, que hoy pasa por ser un elemento imprescindible en los festejos populares tudelanos, mantiene una emoción inofensiva para un público meramente infantil que corre alborotado a lo largo del recorrido.
No lo fue tan inofensivo años atrás, ni tampoco corría delante un público infantil, por ser un auténtico “toro de fuego”.
Uno de los primeros datos que poseemos, se remontan en torno al año 1627, el año que torearon en las Fiestas patronales de Santa Ana, Diego Sola, Jacinto Caparroso, Juan Marco y Jerónimo Citor, por cuya habilidad cobraron 8 ducados.
Sabemos que en ese año, el fustero José de Sola, hizo un potro para ensogar y albardar a un toro con el fuego que se le puso el día 27 y por lo que se pagaron 87 reales. El que colocó el ingenio al toro fue Pedro Martínez, ingeniero de fuego, pagándole por ello el municipio, 78 reales.
Al año siguiente en que corrieron los toros del día 27 Juan Marco y Domingo Bustamante “El Gitano”, se le pone a un toro una albarda de fuego, por lo que el Municipio paga al autor Pedro Martínez, 100 reales. El mismo personaje dispone una manta de fuego de su invención, por lo que se le paga la misma cantidad.
Años más tarde, 1649 y 1650, no solo se corre el todo de fuego en las Fiestas Patronales, sino que se hace extensiva a otras conmemoraciones, como son el Casamiento del Rey, el día 10 de diciembre o el alumbramiento de la Virreina en Marcilla, colocándole una albarda al toro, con “güetes y ubillas”.
Suponemos la fiereza de los toros, aparejados con esa entraña, ruidosa y explosiva albarda y el arrojo y maestría de los corredores de toros, que en cierta medida, a pesar de su habilidad y costumbre, estarían nerviosos como lo están los chavales ante el simulacro actual.
Fuente: Julio R. Segura
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