Cuando uno ve las tablas de la calle Frauca al salir a trabajar los días previos a las fiestas, se ilusiona y el olor a madera le despierta el apetito festivo y le aviva el recuerdo de otros olores (variados en periodo festivo) y sabores.
Pero una vez acaban, las tablas en agosto parecen más feas, más secas, más inùtiles y más molestas para el peatón y para el conductor.
La fiesta, el alcohol, la juerga y la jarana tiene algo tan molesto como la remanencia, generalmente mal llevada, salvo por superhombres como mi amigo Vicentín, capaz de meterse entre pecho y espalda medio cordero asado después de una notable noche etílica.
El caso es que el vallado está aùn en las calles, y a mi, qué quieren que les diga, me da resaca y reseco verlo con la solanera agosteña.
Así que brigada, a currar, es mejor recordar lo bueno que sufrir la resaca tabloide.
Este post se lo dedico a mi amiga Arantxa, que lleva un mes sin poder aparcar en la plaza del Liceo.
Salud, hermanos, descansen en Agosto.