Dime dónde te sientas…
Creo que de sobra es conocida la fascinación que sobre mi persona ejerce esas aproximadamente cinco horas que envuelven uno de los espectáculos más genuinamente festivos que existen: los toros y más concretamente la jarana que a su alrededor se monta a eso de las seis y media (ver imagen).

Amplío el lapso temporal del festejo propiamente dicho, que anda por las dos horas, a los preparativos anteriores (sangría, merienda etc…) y a esa espiral de música y buenrrollismo fiestero que nos impulsa, despacito, sin prisa, hacia la Plaza Nueva. Hablo de la bajada de las Peñas, de cuya dimensión antropológica se podría escribir una tesis, pero de la cual nos ocuparemos en otro momento. A lo que iba, que me reitero en mi afirmación de que nadie que haya asistido a una corrida de toros en Tudela, y respetando todo tipo de opiniones acerca de la esencia de este tipo de espectáculos, habrá quedado indiferente ante lo que el panorama desatado ante sus ojos, y no hablo precisamente de lo que ocurra en la arena (de ahí las controversias) sino de lo que acontece un poco más arriba, en los tendidos, en la grada, y de las gentes que los pueblan.
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