Iluminación
“Todo se repite” se afanaba en repetirnos el profesor de Filosofía del instituto. Lo recuerdo porque sufrí lo indecible para aprobar a Nietzsche.
Igual es por los gin tonics, que vete tú a saber. O por llevar dormidas unas doce horas en lo que llevamos de Fiestas. O porque el pelma del trombón de varas me ha deleitado con una actuación individual a escasos diez centímetros de mi oreja. Pero el caso es que por fin —con casi diez años de retraso— lo he entendido. Las pocas neuronas que tengo estos días para cubrir los servicios mínimos (abrir la ducha, repasar la tabla del cinco para pagar los cubatas, gritarle al picador) han relacionado dos conceptos de campos tan aparentemente distantes como son la filosofía de Nietzsche y las canciones populares. Ahora tengo muy clara la Teoría del Eterno Retorno: todo se repite. No sé si también habrán colaborado el Bombay, el maldormir y el canso de la charanga, pero de lo que no me cabe ninguna duda (Descartes se me daba de cine) es que ayer por la noche La Dorotea me ha abierto los ojos. Todo se repite.
